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Por Aquiles Julián

 

“Mi temor es de que el libro electrónico conduzca a una cierta banalización de la literatura, como ocurrió con la TV, que es una maravillosa creación tecnológica, que, con el objetivo de llegar al mayor número de personas, banalizó sus contenidos.”

Mario Vargas Llosa

 

 

Suelo coincidir con y aplaudir la manera de pensar y actuar del premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa. Pocas veces hemos visto un intelectual latinoamericano con tal lucidez, altura, valor y coherencia. Sólo inusuales fenómenos como Carlos Rangel, aquel extraordinario ensayista político venezolano, autor de un monumento de lucidez como lo es su ensayo Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario, un Octavio Paz y un Jorge Luis Borges podrían parangonársele sin desdoro. Sobre todo en un subcontinente en donde nos empecinamos en no aprender de nuestros errores, más bien repetirlos en mayor cuantía; apabullamos con consignas y frases hechas para encubrir nuestra falta de razonamiento y de razones; insistimos en las fórmulas fracasadas que nos han empantanado en vez de aprender de países que hace unas décadas estaban peor que nosotros y hoy nos llevan millas de distancia en desarrollo.

 

Así, los puntos de vista y los aportes que periódicamente nos llegan de este infatigable pensador y narrador son una bocanada de racionalidad en ambientes normalmente intoxicados por el fanatismo más obtuso. Y eso se agradece.

 

Sin embargo, en tres oportunidades distintas: una charla a estudiantes en Monterrey, México, otras declaraciones mientras participaba en Porto Alegre, Brasil, en un ciclo de conferencias, y, por último, en Madrid, durante la entrega de los XIII Premios NH de relatos,  Mario Vargas Llosa comete y reitera un error. Y ese error, dado su prestigio puede inducir a equivocación a muchos que le admiran y aprecian. De ahí la pertinencia de este artículo.

 

 

CONFUNDIR EL LIBRO, UN FORMATO, CON SU SOPORTE.

 

¿Qué error en específico cometió nuestro admirado novelista y ensayista? El confundir al libro, que es un formato de organización de la información para su conservación y  transmisión organizada, con el soporte material que hasta ahora este formato había desarrollado: la impresión en papel.

 

Así, la noticia que nos llega es que Mario Vargas Llosa vaticinó que “el libro de papel no llegará a desaparecer por el interés de un público reducido y casi clandestino”. Al dirigirse a estudiantes universitarios de varias universidades en Monterrey, México, abundó: “El libro de papel no va a desaparecer enteramente, como dijo Bill Gates. Siempre habrá un sector minoritario, casi clandestino, que va a mantener el libro de papel”. Y añadió: “De esta forma cada obra literaria será más rigurosa y más profunda y atraerá vocaciones más intensas. Así que habrá una suerte de compensación frente al libro digital”.

 

Bajo sus palabras se asienta un incomprensible malentendido, una creencia inexplicable en alguien de sus luces. Incurre en un  rechazo a lo que sin dudas es un avance soberbio y positivo, a la vez que rinde culto a un formato ya obsoleto y de minorías: el libro impreso, sólo vigente porque la mayoría de la población en cualquier país no tiene tiempo, recursos o hábito para dedicarse a leer libros. Si fuese al revés, el planeta quedaría sin bosques, pues no hay tantos árboles para producir celulosa para papel.  Es un enfoque, en el fondo, absurdamente elitista, injustificable en una persona que en sus escritos y declaraciones, en más aún, con su propia vida,  ha postulado posiciones liberales y abiertas.

 

Vargas Llosa, cuya estadía en Monterrey se debió a que autoridades mexicanas le otorgaron el premio Alfonso Reyes, que antes ganaron autores como Jorge Luis Borges, Octavio Paz y Alejo Carpentier, cree que sólo merece ser llamado libro aquel contenido que se presenta impreso en papel. Cuándo sus novelas y ensayos se digitalizan y difunden electrónicamente ¿ya no son libros? ¿Qué son, entonces?

 

En otro momento, participando como expositor en el  ciclo de conferencias Fronteras del Pensamiento, en Porto Alegre, Brasil, auspiciado por la Universidad Federal de Río Grande do Sul el premio Nobel arremetió contra el libro digital descalificándolo. Así,  según reseña la prensa, expresó: “Mi temor es de que el libro electrónico conduzca a una cierta banalización de la literatura, como ocurrió con la TV, que es una maravillosa creación tecnológica, que, con el objetivo de llegar al mayor número de personas, banalizó sus contenidos”.

 

También en Madrid, en la entrega de los premios de relatos  NH volvió a lo mismo. Declaró su “desconfianza visceral a la literatura hecha y difundida por pantallas”. Expresó que: “No estoy en contra (del ‘e-book’), pero en la literatura ha traído simplificación, si se compara con el papel”. Y la reseña de prensa indica que precisó que, si bien algunas generaciones acabarán por desconocer el libro tradicional, éste existirá “para minorías” y, “al ser minoritario, quizá aumente su rigor”.

 

La repetición, en tres escenarios y países distintos, del mismo prejuicio indica que no se trató de un desliz lamentable, sino de un esquema de pensamiento arraigado en la opinión del intelectual peruano que proviene de caer en el fetichismo del soporte, morboso como cualquier fetichismo, lo que le hace incurrir en errores como los que dijo.

 

 

EL APEGO REACCIONARIO A UN SOPORTE YA OBSOLETO

 

El apego a un soporte y el miedo al cambio, el rechazo a una nueva tecnología de transmisión de contenidos, es reaccionario, apostar por el pasado y deificar la tecnología obsoleta.

 

Este tipo de reacción de miedo al cambio, de apego a las tecnologías superadas, de rechazo al progreso no es exclusivo de Mario Vargas Llosa: aquí he escuchado declaraciones no menos escandalosas por lo absurdas, incluyendo la nostalgia anticipada del “olor de los libros” (o sea que es asunto de aroma, no de información), del placer de tocarlo y voltear la página y otras necedades no menos risibles.

 

El libro es un formato de estructurar la información para su conservación y transmisión. Y ese formato, que surgió en la antigüedad, ha ido cambiando de soportes según los avances de la tecnología.

 

Todavía no he encontrado quien sienta nostalgia de las tablillas de barro de los sumerios y asirios. Tampoco de los papiros o los pergaminos. Y admito que, por igual, nadie ha expresado nostalgia de aquellas obras prodigiosas de los manuscritos de increíble belleza, hermosamente ilustrados, y hechos por diestros pendolistas y dibujantes para príncipes y reyes. Una novela extraordinaria, un thriller policial  en un ambiente medieval, especie de El Nombre de la Rosa en versión turca, del premio Nobel turco Orhan Pamuk, Me Llamo Rojo, recrea el mundo de los copistas e ilustradores que preparaban esos libros para sultanes, emires y califas.

 

Supongo que cuando Johannes Gutenberg creó la imprenta y aquellos horrendos libros impresos (en comparación con aquellas joyitas multicolores que eran los manuscritos de la época),  salieron de las prensas, sin el trazo hermoso y cuidado del pendolista, sin el colorido la tipografía, sin los oropeles y dibujos, simple tinta sobre papel sin aquellos adornos y filigranas, no pocos se escandalizaron. Y no dudo que muchos sintieron que la literatura, hasta entonces de consumo exclusivo de reducidísimas élites, únicas que sabían leer y escribir y, además, poseían suficiente dinero para producir y adquirir manuscritos y formar bibliotecas, se rebajaría cuando la plebe tuviese acceso a ella. Peor aún, se adocenaría, prostituiría y corrompería tras la búsqueda de aceptación de un público ígnaro, basto y de gustos groseros.

 

Y tuvo que haber quienes en el momento pronosticaran que los manuscritos “no morirían” porque habría una minoría que mantendría vivo el arte de aquellos estudios en que copistas, pendolistas,  ilustradores y maestros doradores ponían arte, talento y esfuerzos en producir aquellas joyas que eran los manuscritos.

 

 

EL SOPORTE ACTUAL DEL LIBRO ES PARA MINORÍAS

 

Vivimos, quién lo duda, una época bárbara en que las mayorías tienen que ocuparse casi de forma exclusiva en sobrevivir. No tienen espacio para cultivarse, pensar y elevar su nivel mental e intelectual. Y para mantenerlas sometidas, se les fomentan hábitos malsanos como el alcoholismo y las drogas, el juego y los deportes, se les secuestra su tiempo perdido en bizantinismos políticos y frivolidades faranduleras.

 

A esas mayorías se les sustituye cualquier forma de criterio propio o decisión. Sus vidas son teledirigidas vía los medios de comunicación de masas. Se les impone qué oír, qué pensar, qué hablar, adonde ir, qué hacer, cómo reaccionar, qué opinar, cómo conducirse, qué ver, etc. Y ellas viven bovinamente ajustándose al programa dado. Una masa aplastante de información condicionante les mantiene ajustadas al rol.

 

Sólo las minorías, que ya no tienen que ocuparse obsesivamente en producir con qué comer (en mi país, República Dominicana, por ejemplo, el 88% de la empleomanía no gana ni siquiera para cubrir la canasta básica de alimentos, y todo eso pese al maquillamiento de los números que es habitual acá, y estas son cifras oficiales, una de la Tesorería de la Seguridad Social y la segunda del Banco Central), pueden contar con recursos y tiempo para comprar y leer libros.

 

La sociedad industrial no requería un gran número de  cerebros pensantes sino “mano de obra”, mecanización del movimiento, repetición. La nueva sociedad del conocimiento que emerge deja esas actividades a los robots, siempre más precisos y confiables que el ser humano. Y de ahí proviene el fenómeno de las olas de despidos y la pérdida no sólo de puestos de trabajo sino la inutilización de oficios y profesiones, sustituidos por robots y softwares. Y aparecen escritores como la francesa Vivianne Forrester, la autora de “El Horror Económico” que reacciona espantada por el fenómeno, sin entenderlo siquiera. Y clama por la vuelta a la sociedad industrial, para garantizarle los empleos a la masa bovina de mano de obra.

 

La nueva sociedad que emerge demanda potenciar nuestra capacidad de aprender, desaprender, reentrenarse, discernir, crear y añadir valor, de ser empleable y competitivo. Y ello implica un mayor acceso a,  y un mejor procesamiento de,  la información.

 

No hemos inventado un formato mejor que el libro para estructurar, conservar y transmitir información. La sociedad del conocimiento requiere una masificación, una democratización, del libro y un mayor ejercicio de la capacidad lectora. Demanda más personas formándose, puliéndose, incrementado su saber, reentrenándose, ampliando sus conocimientos. Más personas con habilidades de pensar, crear, discernir, criticar, evaluar, cooperar, aportar. Esa es la realidad en que más y más entramos. Y es la que originó el libro electrónico, la digitalización.

 

 

¿AFECTA EL SOPORTE A LA CALIDAD DEL CONTENIDO?

 

El error de nuestro queridísimo y admirado premio Nobel, al confundir un formato con un soporte, puede inducir a confusión a no pocos de sus lectores, en los que goza, como es mi caso,  de amplia credibilidad.

 

Lo cierto es que un soporte en nada afecta al formato ni al contenido, así que no hay manera de que el soporte “banalice” el contenido, que lo haga decadente o creativamente pobre. Siempre han existido y seguirán existiendo contenidos banales, frívolos, de mal gusto, pastiches creativos. Eso tiene que ver con el talento, las autoexigencias del escritor, sus estándares, cultura, propósitos, intereses, etc. La literatura siempre ha subsistido junto a una subliteratura, a una seudoliteratura adocenada, rebajada al gusto poco exigente de una mayoría que no aspira a más, que se contenta con aquello. La novela abarca obras como La Muerte de Virgilio, de Hermann Broch, el Ulises, de Joyce y La Casa Verde, del mismo Vargas Llosa, junto a piezas de menor nivel (el mismo Vargas Llosa es autor de divertimientos que no representan lo mejor de su talento y su producción, muchas veces como consecuencia de presiones y compromisos editoriales), y a una producción de literatura de entretenimiento como las novelas policiales, románticas, de terror, de espionaje, de ciencia-ficción, literatura de género. Y que en sus aspectos más pedestres se rebaja a las noveluchas de Corín Tellado y Marcial Lafuente Estefanía.

 

Tengo en mi lector digital, un Kindle, ediciones digitales de La Montaña Mágica, de Thomas Mann, Macunaíma de Mario de Andrade, Rayuela, de Julio Cortázar, Gran Sertón Veredas, de Joao Guimaraes Rosa, Los Pasos Perdidos, de Carpentier, etc. ¿Me podría decir mi admirado Vargas Llosa en qué se hacen “banales, decadentes y pobres creativamente” esas obras literarias por el hecho de que su soporte ahora no sea el libro impreso sino el libro electrónico? ¿En qué se merman?

 

Lo cierto es que el libro digital representa un gran logro para la humanidad, pues mientras el libro impreso es más costoso, difícil y trabajoso de difundir, y se “descataloga” con mucha facilidad, el libro digital es mucho menos costoso, fácil de difundir y puede mantenerse vigente indefinidamente, todo lo cual es de tremenda importancia.

 

Es cierto que la emergencia del nuevo soporte está afectando a las editoriales tradicionales que comercian el libro en papel. Y que, como me dijo el escritor dominicano e impresor Denis Mota, medio en serio medio en sorna, “yo lo que quiero es que los impresores se mueran de hambre”, cuando le hablé sobre mis colecciones de libros digitales.

 

En el mercado tradicional del libro editar un libro es casi prohibitivo por sus costos. Y difundirlo, más aún. En mi país, República Dominicana, en que no existen editores, sino imprentas (no importa que algunas imprentas pomposamente se autocalifiquen de “editoras”, al igual que algunos colmados o tiendas de abarrotes se llamen a sí mismas “supermercados” pequeños), los autores autofinancian sus obras, normalmente ediciones de 1,000 ejemplares de penosa venta, sobre todo, salvo casos en que el morbo juega un papel. Siempre me ha sorprendido el empecinamiento en publicar de los poetas, cuentistas y novelistas dominicanos en una comunidad reacia a estas manifestaciones, donde las mayorías no ganan ni siquiera para comer decentemente, empezando por los propios escritores que no suelen leer ni apreciar a sus colegas.

 

La edición digital, algo que se puede aprender a hacer con facilidad y cuyos medios están disponibles gratuitamente, hace que editar un libro esté asequible a cualquier persona que sepa digitar y manejar los rudimentos de un equipo: un programa como MSWord, ideas mínimas de diseño, manejo de imágenes vía Google, un programa de editar en PDF como el PDF Creator, que se obtiene de forma gratuita, y un poco de trabajo y buen gusto.

 

Y al colocar en línea los libros, aprovechando páginas como www.scribd.com, http://issuu.com y otras en que se pueden subir o colgar los libros digitales, ir construyendo espacios vía los cuales difundir los textos, o remitirlos, como suelo hacerlo, vía la Internet a escritores, lectores y amigos en diversos países.

 

Entiendo que el nuevo soporte irrite y perjudique a los editores tradicionales y al mercado del libro como lo conocemos. Es una industria costosa, reservada a minorías, en que las ediciones se agotan y se descatalogan. Es un lujo reservado a quienes pueden pagar por adquirir sus productos. El libro como objeto para minorías ha entrado en crisis. Miles y decenas de miles de libros han sido digitalizados y circulan libremente por la Internet. ¿Los hace el circular por un medio digital menos profundos, creativos o densos? Evidentemente que no. Un soporte en nada afecta la calidad intrínseca del libro, como formato, simplemente facilita o dificulta, abarata o encarece, masifica o limita, su producción y difusión. Y en este sentido el soporte digital facilita, abarata y masifica la producción y difusión del libro.

 

 

NI EL FORMATO NI EL SOPORTE AFECTAN AL CONTENIDO

 

El contenido es asunto del autor. No tiene que ver con el soporte. Podríamos decir, lo acepto, que el abaratamiento de la edición y publicación, la facilidad que permite ahora a cualquier persona con mínimas habilidades y conocimientos transformarse en un editor digital o autoeditar sus textos, la oportunidad que brinda de que los libros sean divulgados y hechos llegar a más lugares, puede significar que los autores menos dotados, de calidad más precaria o cuestionables, podrán ahora trascender el limitado ámbito de sus publicaciones autofinanciadas de 1,000 ejemplares que no se vendían, para hacer llegar sus bodrios a más personas vía la Internet. Es verdad. También lo es que posiblemente tampoco conciten el interés y la atención de muchos lectores, por los que les sucederá a esos autores que, a mayor divulgación, mayor descrédito. Hay que ganarse el derecho a ser leído.

 

Un aspecto que se transparenta en las declaraciones de nuestro admirado novelista es que teme que el nuevo soporte conlleve el interés en halagar y amoldarse a la masa; se busque una popularización (masificación, más bien) a costa de valores y estándares de mayor calidad, refinación y aporte. Que se rebaje el nivel para agasajar a la plebe. El concepto tiene un cierto elitismo implícito pero también se entiende. Ahora bien, ese riesgo siempre ha sido consustancial al trabajo artístico. El arte se hace repetitivo, cae en fórmulas y termina en artesanía y/o kitsch. Se termina en una literatura farandulera, light, sin peso ni sustancia, amiga del aplauso fácil.

 

No se necesita un cambio de soporte para verificar que este tipo de seudo literatura existe y cuenta con una tradición de larga data. Y que la existencia de esa seudoliteratura que cuenta con un público que busca distraerse, matar el tiempo, sin mayores complicaciones: una suerte de adquirir una o unas emoción(es) por un costo X sin mayores complicaciones o expectativas, se remonta a los comienzos de la civilización y la cultura: siempre ha existido, y nunca ha sido obstáculo para que paralelamente emerjan escuelas, movimientos, autores y obras de relevancia y valor, que marcan a una época, impactan a la sociedad, cambian vidas y trastornan la existencia de la humanidad llevándola a un nuevo nivel de desarrollo espiritual.

 

Escribir a mano, escribir en maquinilla o escribir en un teclado de una PC no hace más profundo o menos profundo, de mayor calidad o de menor, más relevante o trascendente o menos, el texto escrito. De hecho, los medios cibernéticos: la computadora, el software, etc., son facilitadores del talento. Para los que vivimos en la prehistoria del corrector líquido y el papel carbón, una tecnología que nos liberó de esas tecnologías precibernéticas en nada puede ser acusada de nada malo, muy por el contrario.

 

Y aunque una de las notas noticiosas destaca que nuestro admirado autor declaró que tenía “una desconfianza visceral a la literatura hecha y difundida por pantallas”, lo cierto es que hablar de literatura hecha y difundida por pantallas es una expresión ligera e impropia. La literatura es hecha por el talento de un autor. Su calidad no depende del soporte elegido. No puede nuestro premio Nobel 2010 de Literatura decir que el escribir a mano o en maquinilla es más creativo, poético, rico en imaginación y elegancia verbal, novedoso, trascendente y enriquecedor que el hacerlo mediante el teclado de una PC.

 

Si la literatura nos llega para ser leída en una pantalla, que puede ser la de la PC, o la de la laptop, o la del artilugio de ciberlectura como un Kindle de Amazón, en nada la desmerita con respecto a aquella que nos llega impresa en papel. No es más light, más decadente, más frívola, más inocua, más irrelevante o intrascendente que aquella que aparece editada en un libro físico. Eso es un fetichismo del soporte, algo que sorprende en una mente tan lúcida e inquisitiva, en un cerebro tan bien amoblado como el de Mario Vargas Llosa.

 

De hecho, tengo muchos de sus libros en formato digital. ¿Son ahora La Guerra del Fin del Mundo, La Ciudad y los Perros, La Casa Verde o Conversaciones en la Catedral, sólo para mencionar las que creo sus mejores novelas,  menos creativas, intensas, hermosas, impresionantes o significativas que las mismas novelas en sus ediciones de papel? El mismísimo Vargas Llosa sabe que no.

 

Un dispositivo como el Kindle, por ejemplo, me permite tener disponible alrededor de 600 libros digitales. ¿Qué estén contenidos en el Kindle en qué le resta? ¡En nada! Es claro que en vez de un juicio, nuestro admirado novelista incurrió en un prejuicio.

 

Como vemos, Mario Vargas Llosa está muy equivocado al caer en el fetichismo del soporte. No se escriben e-books, se escriben libros, y luego se escoge un soporte para su difusión. Si el libro está bien escrito o mal escrito, si es original o apenas un pastiche, si aporta o repite, si tiene calidad o es un tollo, todo eso tiene que ver con el escritor, su talento, su rigurosidad, sus estándares, su capacidad de trabajar y pulir su texto, y no con el soporte elegido. Quiera Dios que reflexione sobre los dislates expresados y los corrija. No espero menos de su inteligencia. Y de su valor.

 

Véalo en Blogger: http://elblogdeaquilesjulian.blogspot.com/2011/03/el-error-de-mario-vargas-llosa.html

 

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